miércoles, 8 de febrero de 2012

Julio Blanco. El primer atacante


Julito, por minutos, no nació en una cancha de fútbol. Esto no es una metáfora ni un lugar común. Fue literalmente así. Aquel 18 de septiembre de 1937 jugaba el equipo del Centro Gallego en la Polar. Sedelina, presidenta del Comité de Damas, animaba a los suyos cuando sintió las primeras contracciones. Al domingo siguiente, con solo siete días, Julio Blanco Alfonso miraba su primer partido desde las gradas.
No sé si creerá en el destino, pero debería, pues todas las señales del universo indicaban que sería futbolista. Hijo de gallegos, su padre —que tenía el mismo nombre— jugó fútbol amateur en Ourense. En cuanto a su madre, no se perdía un partido en la Polar y gritaba tanto que el esposo jamás se sentaba cerca de ella.
Además, por si fuera poco, Julio Blanco se crió en Puentes Grandes. Quien nunca haya visitado Puentes Grandes no puede entender lo que esto significa. Allí, entre el humo de las fábricas, solo se jugaba al fútbol. Ya no hay humo ni fábricas, pero queda el fútbol. Muchos de los mejores futbolistas de este país, como Julito, salieron de jugar descalzos en sus calles.
Todos los domingos, después del partido, Mario López, en aquel entonces entrenador del Centro Gallego; Garzón, mediocampista; y Jesús Villalón —más conocido como el Negro Pito—, su mejor delantero; iban a probar el almuerzo de Sedelina. Todos miraban de reojo a Julito cuando decía que quería ser portero: “¿Pero cómo vas a ser portero con ese tamañito?” Ni hablar, lo suyo estaba en el ataque, era rápido y sabía moverse en la cancha.


Pero él quería quedarse en la puerta, como su ídolo Tarzán, no el de las historietas, sino Rolando Aguilar, portero titular del Centro Gallego. Sedelina, con obstinación orensana, lo presionaba para que hiciera caso a los que saben. Él, más obstinado todavía, le prometió que llegaría a ser el mejor portero de Cuba. La madre chasqueaba los labios: “Que vas a ser el mejor de Cuba, muchacho, no seas loco”.
Pero aún le falta para demostrarlo. Ahora, apenas tiene diez años y juega por primera vez en el equipo de la Escuela número 39, de Puentes Grandes. Ese era el equipo al que querían ir todos los muchachos del barrio, pues los mejores salían de allí.
Con 14 años quiso jugar en el Ceiba Juvenil, pero en la 39 no se lo permitían, sabían que era de los buenos y, a la usanza de los clubes modernos, se negaron a dejarlo ir. Por lo que, durante un año, militó en el Ceiba con el nombre de otro: Carlos Velis. Al final de la temporada, el tal Carlos Velis fue elegido para integrar el equipo All Stars y Julito tuvo que entregarle el diploma que había ganado con su nombre.
Después jugó con el once de Puentes Grandes, pero al conjunto le fue mal en la clasificación y se desintegró. En ese mismo año, otro equipo, el Mordazo, también tenía problemas. Faltaban solo seis partidos para que terminara el campeonato y estaban en el tercer lugar, debajo del San Francisco. Bernardo Llerandi —en aquel entonces entrenador-jugador, años más tarde, padrino de su boda— le dijo a Julito que si él y Francisco Mondelo fichaban por su equipo, ellos ganarían el campeonato.
“Pero Bernardo —señaló Julio, incrédulo—, están en tercer lugar y van seis puntos detrás, eso es imposible”. A lo que este contestó: “No te preocupes, que tú y Mondelo van a hacer que yo sea campeón”.
Mondelo era defensa central y de los mejores, ya había jugado como profesional y llegó a enfrentarse al Real Madrid. Era tan bueno, que un grupo de 16 jugadores argentinos, que entrenaba aquí en Cuba, decidió llevárselo como refuerzo a un partido que tuvieron en Centroamérica.
El caso es que en la temporada 1957-1958, contra todo pronóstico y con Julito bajo los tres palos, el Mordazo quedó campeón, ganando todos los partidos que le quedaban. Incluyendo el del desempate, frente a sus eternos rivales del San Francisco. Luego, en ese mismo año, todo el equipo viajó a México.
Martes 7 de octubre de 1958, primer partido frente a la selección del Distrito Federal. En el arco del Mordazo, brilla Julito. Es joven, bajo y tiene el pelo negro brilloso, igual que Elvis, el Rey, en este caso, el rey del área. Noventa cumplidos, los cubanos ganaban 2-1, el árbitro concede nueve minutos de descuento. Cuando faltaban dos para el final, Nardito Gascón se queda solo frente a la portería rival; pero los nervios, el público y la suerte le jugaron en contra y falló ante la mirada atónita del Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes. Incluyendo la del portero rival, que daba gracias al cielo por mandarle jugadores inexpertos. Luego, ya en el minuto 99, Jorge Diez lanza un disparo al ángulo, allí donde no llega ni Dios y mucho menos Julito, que es más pequeño. El partido acaba en empate.
Al día siguiente, se habló de los goleadores, la remontada mexicana, la afluencia de público, pero los titulares tenían un solo protagonista: “el porterito cubano” que salvó la noche. Las primeras planas eran para Julio Blanco, la gran revelación.


Sedelina, siempre fiel, lo apoyó desde las gradas. Aunque no como solía hacerlo en la Polar, dejándose la voz. Le habían advertido que allí, en el D. F, podían lincharla; así que ella, obediente, aupó con bajo perfil. También recortó todos los periódicos en los que aparecía su hijo y los trajo a Cuba. Así inició un álbum de recortes que Julito conserva hasta hoy.
Allí aparece la primera selección nacional de fútbol que representó a Cuba después del 1ro de Enero de 1959, en la que Julio Blanco fue el único portero, porque el arquero suplente se rehusó a serlo. El evento era el Festival de Fútbol de las Américas, celebrado en Miami. Allí le ganaron a EE.UU. y Guatemala, pero contra México fue más difícil.
El partido llegó empatado a los penales. Los mexicanos hicieron un último cambio antes del pitido final y metieron en la cancha a uno que le decían “el frijol” con la intensión expresa de que fuera él quien cobrara. Era la época en que un solo hombre tiraba tres penaltis. Blanco, seguro de sí, se llevó aparte al defensa cubano que iba a cobrar, Alberto Gutiérrez.
“Albertico —le dijo—, trata de marcar los tres que yo tarde o temprano paro uno”.
Pero el último disparo de Albertico lo desvió el mejor amigo del portero: el poste. Y Julito, por su parte, tampoco pudo detener ninguno de los remates del “frijol”. Aun así, no fue un mal resultado, sobre todo si se tiene en cuenta que el único portero de la selección cubana jugó con el muslo entablillado a causa de una lesión. Al final, quedaron segundos en el torneo.
El desastre vendría poco después, ese mismo año, en los Panamericanos de Chicago. Llegaron con escaso entrenamiento a enfrentarse a equipos como Brasil, Argentina, Costa Rica y, una vez más, México. En el partido contra Costa Rica, estuvieron ganando 1-0 durante gran parte del primer tiempo. Pero en el minuto 25, en una de las jugadas suicidas que acostumbraba a hacer, Julito se arrojó a los pies del atacante para quitarle el balón y el delantero le fracturó la mano derecha de una patada. Tuvo que abandonar el juego y luego se enteró de que habían perdido 2-1.
En el partido contra Brasil, lo más relevante fue que Gérson, el zurdo de oro, quien luego sería campeón mundial en 1970, ese que sabía pegarle a la pelota como nadie, le marcó dos goles. Sendos tiros libres que se colaron por la esquina. “¿Ves esa parábola que el balón hace ahora? —me pregunta Julito—. Pues la comba de Gérson era muy superior. En los dos tiros indirectos que me hizo, a 20 metros, yo me tiré con todo, la bola parecía que iba un metro y medio por fuera de la portería y de pronto giraba y se metía por el ángulo. Así fueron los dos goles que él me hizo”.
Luego, en 1962, en los Centroamericanos de Kingston, Jamaica, el problema fue el exceso de entrenamiento. Después de entrenar de siete a ocho horas diarias, a uno le quedan pocos deseos de patear un balón. Por eso, me explica, en el primer tiempo jugaban de igual frente a todos los contrarios, pero ya en el segundo comenzaba a salir el cansancio y ahí los remataban. “Tengo fotografías de ese equipo y parecíamos salidos de un campo de concentración”, asegura.
Mientras que en Europa, el peor enemigo fue el frío. El primer partido era contra un club no demasiado fuerte. En cambio, el frío sí lo fue. Julito no recuerda haber tenido tanto en su vida. Los cubanos, inexpertos, nada más llegar al cuarto se metieron en la cama tapados de pies a cabeza y se levantaron apenas 15 o 20 minutos antes del partido, totalmente entumidos.


Para colmo de la desventaja, a alguien se le ocurrió que debían jugar al off side con tres defensas en línea que apenas podían moverse y, por si fuera poco, en un terreno que no tenía césped. Julito lo describe como “hecho de un material parecido al carboncillo”. Aquello fue una masacre. Cada vez que se lanzaba al suelo, a por el balón, se ponía de pie con sangre en los costados, lo rociaban con un spray con una especie de goma para tapar las heridas y seguía jugando, así, hasta la próxima caída. Logró detener varios disparos, pero hubo cinco que no alcanzó. Mientras, del otro lado, la puerta ni se enteró que estaban jugando al fútbol.
Era la época en que alineaban cinco delanteros y un arquero podía recibir hasta 30 disparos en un solo partido. Aun así, Julito cubría sin guantes. Cuenta que una vez, mientras jugaba con el equipo de la Polar, José Zorrilla, el dueño de la cervecera, lo vio sobre el terreno. Al día siguiente le mandó a decir, a través del entrenador, que se comprara todos los implementos que le hicieran falta, él pagaba. Una semana después Julito se apareció en el campo con indumentaria de estreno, entre el conjunto: un par de guantillas nuevas. La primera jugada de peligro fue un disparo al costado, no era una trayectoria muy difícil, pero cuando le dio en los dedos, el balón resbaló y cayó dentro. Ahí mismo se quitó los guantes. Si no han llegado al mar, todavía dan vueltas por el río Almendares.
“Es que las manos mías eran bastante seguras —recuerda—. Yo había jugado baloncesto y fui rematador en un equipo de voleibol. Jugué de todo, hasta pelota. En el voleibol la gente se impresionaba por mi corto tamaño y lo mucho que saltaba”.
Una cualidad que le sería muy útil poco después, dentro del área, esa donde, como todo buen arquero, era rey. Los defensas, a quienes dirigía, se sorprendían al ver que se elevaba por encima de todos, casi de manera sobrenatural, en busca del balón. “El buen portero tiene que saltar —aconseja—, no puede dejar los pies pegados al suelo porque le hace un puente a la pelota y esta le pasa por debajo. El portero es el primer atacante de un equipo de fútbol y el último defensor”.
Sin embargo, Julio Blanco era más que eso, también fue último atacante o, si se prefiere, primer defensor, y de los buenos. En el 61, pasó seis meses en España, visitando las propiedades de su familia. Allí, entrenó en el Couto de Ourense y el Riazor de la Coruña, también recibió ofertas para jugar en el Espanyol de Barcelona, pero, como diría a muchas proposiciones similares a lo largo de su vida: no le interesaba ser profesional. Al regresar a Cuba, su posición de portero regular en el Mordazo había sido ocupada por otro y el entrenador no quería quitarle la titularidad después de seis meses en el arco, no era justo. Así que puso a Julito en el extremo izquierdo. Al día siguiente apareció una crónica de Elio Constantín en el periódico Revolución, donde alababa al delantero Julio Blanco por marcar cuatro goles el domingo.
Además del Mordazo y la Selección Nacional, jugó tres años en Industriales, no el equipo de pelota, desde luego, sino otro con un palmarés mucho más modesto. Pero, a pesar de la escasez en sus vitrinas, Julito le ayudó a conseguir tres títulos consecutivos, hasta su retiro en 1967. Aunque, de todos modos, siguió ganando, esta vez como entrenador:
“Fui entrenador en Pinar del Río. Como tuve buenos resultados me trajeron para la EIDE (Escuelas de Iniciación Deportiva Escolar) de La Habana. Aquí gané dos campeonatos, invicto. Al año siguiente entrené al equipo de escolares de La Habana y tuve otro campeonato invicto. Luego me llevaron para los juveniles y también ganamos. Después dirigí al Deportivo Industriales, de primera categoría, y ganamos el campeonato. Las tres categorías en el mismo año. Más tarde me hicieron director del Frente Escolar de Fútbol, aquí en la provincia, y después fui comisionado provincial durante 17 años. También dirigí la Academia de Fútbol de La Habana, que estaba en la Polar y me quedé ahí hasta que me retiré, porque ya tenía bastantes años y quería un poco de descanso”.


Bueno, tal vez descansaba durante toda la semana, pero no los domingos. Porque fue fundador de la Liga de los Veteranos y jugó allí 30 años. Aunque, eso sí, muy pocas veces como portero, ya los reflejos no eran los de antes. La última vez que cubrió la puerta fue a regañadientes, el mismo día que le fracturaron, por novena ocasión, el meñique de la mano derecha.
Ni el portero regular ni el suplente se presentaron a la cancha y el único que conocía la posición era él. Así que cedió ante la presión grupal y fue al arco, como siempre, sin guantes. Hay una jugada confusa dentro del área, se lanza a atrapar el balón y la primera patada fue de un defensa suyo, en las costillas; la otra se la propinó Mondelo, el compañero del Mordazo histórico, en las piernas; y la última, la fatídica, vino de un delantero contrario que intentaba rematar a puerta, ignorando que, alrededor de la pelota, había un par de manos. Nunca más, se dijo Julito.
Ahora, ya no juega, pero a veces se le puede ver en el Marrero, donde todos lo saludan con respeto de general viejo. O caminando por Puentes Grandes, rumbo a la casa donde creció, con la ropa sencilla, los rasgos de gallego y el meñique torcido. O los domingos, en la Polar, en esas mismas gradas donde no nació por apenas minutos. En el mismo lugar en que se sentaba cuando niño, una zona neutral entre la hinchada del Centro Gallego —el equipo de sus padres— y la del Deportivo Puentes Grandes —su barrio—. Allí, donde cada vez que los primeros marcaban, su papá, entusiasmado, corría a abrazarlo y, entre los cánticos de la tribuna, decía: “Julito, Dios es gallego”. (Por: Ernesto Yhanes. Tomado de Jiribilla)

5 comentarios:

  1. Magnifico y merecido. A eso se debia dedicar nuestra prensa deportiva con el futbol. Historias y heroes nos sobran para que esten 100 a~os mas escribiendo.

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  2. El equipo que esta representando a Cuba en la Copa Latina se presenta este sabado 11 a las 4 pm. Seria de mucha ayuda si nos pudieran ir a apoyar. Gracias y para mas informacion pueden contactarnos en www.launionusa.com

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  3. Tuve el privilegio de conocer personalmente a Julito Blanco, incluso estuvo en mi casa junto al difunto y gran amigo Juan Antonio Lotina Martín. Como anécdota tengo, una vez que él estaba de delegado de campo en la Ciudad Deportiva del Cerro y le gustó mi jugador Quintana, y le dije que al muchacho lo que más le gustaba era el boxeo, a lo que me replicó diciendo: "¡que es eso de caerse a golpe y después darse un abrazo!". Tengo gratos recuerdos de Julito Blanco. Un saludo de Santiago Orozco.

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  4. Uno de los mas frustrantes y "piñeros del balompie habanero" tenia su grupito de Marianao y Plaza, al igual que German Gonzalez y Sergio Padron otro porqueria de la dirigencia cubana, jugadores todos mediocres al igual que Cristobal, arbitro FIFA.? y seguimosenumerando figuras que llevaron al balompie cubano al descalabro! Julio Blanco fue un desastre, mejor eran Romualdo y Eloy y para mi el Popi Solis fue mucho mejor, Julito era un amarillo debajo debaj de los tres palos un racista y un mediocre!Su enorme sonrisa hipocrita y su odio para los que si jugaban, pero eramos desafectos al sistema! Sergio, Julio y German aca estamos y la hicimos en grande! para ustedes mi mas repulsivo saludo!

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  5. Julito tuvo la suerte de reunir a los Ceperos, y Filibertos en aquella Habana desvastadora!Lo demas vino por suerte!Yo en realidad tuve el asco de ser dirigido por Julito Blanco, taimado, hipocrita y mediocre,por eso el balompie cubano jamas despuntara colectivamente!Nadie quiso dirigir a un habana en el 1966 cuando las expulsiones del Ciro Frias hicieron mella, los Ceperos, Chocolates, Wiwi
    Oscar Valdez y etc, debilitaron nuestra escuadra, de un grupo de que hoy quedan Luis Diaz, Ramon Morales, y un servidor!

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